Hablar de Argelia es abrir la puerta a un mundo lleno de contrastes: ciudades vibrantes como Argel, extensiones infinitas de desierto y, en medio de todo, una de las realidades humanas más olvidadas del planeta: los campamentos de refugiados saharauis.
Argelia, el país más grande de África, ha jugado un papel crucial como anfitrión de uno de los conflictos más largos y menos visibilizados en la historia contemporánea: el del pueblo saharaui. En las áridas tierras de Tinduf, en pleno desierto del Sahara, más de 40 años de espera se viven día a día entre jaimas, calles de arena y resiliencia.
Tuve la oportunidad de llegar allí en una expedición que fue mucho más que un viaje. Una experiencia de vida que cambió mi manera de ver el mundo y de entender la fotografía como herramienta de transformación social.
Los campamentos de refugiados saharauis se encuentran en Tinduf, en el suroeste de Argelia, cerca de la frontera con Marruecos y Mauritania. Estos campamentos surgieron en 1975, tras el abandono español del Sahara Occidental y la posterior ocupación marroquí. El pueblo saharaui, reclamando su derecho a la autodeterminación, encontró en estas tierras áridas un refugio temporal que ha durado décadas.
Actualmente, los campamentos albergan a cerca de 180,000 personas, organizadas en cinco wilayas (provincias): El Aaiún, Smara, Dajla, Auserd y Bojador. Cada wilaya está subdividida en dairas (municipios) y funcionan con una estructura casi estatal, gracias al esfuerzo del Frente Polisario y la resiliencia de su gente.
Más que simples asentamientos, los campamentos son un símbolo de resistencia y esperanza. Sin embargo, vivir en la hammada, una de las regiones más inhóspitas del desierto del Sahara, implica desafíos extremos: escasez de agua, temperaturas extremas y dependencia casi total de la ayuda humanitaria internacional.
© Aldebaran Sanz
Mi primer contacto con Argelia fue a través de Argel, su capital, a la que llegué procedente de Estambul, Turquía. Venía de otra expedición fotográfica organizada con SieteFotógrafos y apenas tenía tres días para conocer la ciudad antes de internarme en el Sahara.
Desde el primer momento, Argel se presentó como una ciudad fascinante y caótica. Recorrí algunos puntos emblemáticos como el Monumento a los Mártires y La Grande Poste d’Alger, pero mi tiempo allí estuvo más enfocado en resolver temas logísticos, especialmente asuntos bancarios. Algo que no olvidaré es el desafío que representó cambiar dinero. Llevaba dólares pensando en cambiarlos en el mercado negro, como me habían recomendado, pero tras varios días viajando por Turquía, ya no llevaba suficiente efectivo.
Los cajeros automáticos en Argelia tienen límites de retiro muy bajos, lo que me obligó a hacer un auténtico «tour de cajeros» por toda la ciudad. Esto, en parte, fue mi turismo improvisado por Argel. Una recomendación para cualquier viajero: lleguen con suficiente efectivo en dólares si planean moverse por Argelia, especialmente si su destino final son lugares tan remotos como Tinduf.
Un detalle curioso que no olvidaré es cómo, apenas aterrizamos, el idioma se convirtió en un pequeño obstáculo. El francés y el árabe son las lenguas dominantes, y el inglés casi inexistente. La agente de migración, al ver mi pasaporte colombiano, sonrió y mencionó algo sobre «El Che Guevara», quizá pensando que era colombiano. No tuve cómo corregirla, simplemente sonreí. A esas alturas, sólo quería un sello rápido en el pasaporte.
La entrada a Argelia fue toda una odisea, especialmente por el equipo fotográfico que llevaba. Viajaba con John Ross Cuesta, uno de mis estudiantes de SieteFotógrafos, y entre los dos cargábamos varias cámaras y lentes. Esto levantó sospechas en aduana.
Nos preguntaron si éramos prensa, y cuando dijimos que no, nos informaron que las cámaras debían quedarse retenidas en aduana. El problema: las visas que teníamos eran de turista, no de periodista, y Argelia es extremadamente estricta en este sentido. Para los voluntariados de ayuda humanitaria como el nuestro, la visa turística era suficiente para entrar, pero no para cargar equipo profesional.
En medio del caos del aeropuerto —donde la gente fumaba incluso bajo los letreros de «No Fumar» y la hora de la oración detenía todos los trámites—, logramos, gracias a un poco de suerte y confusión administrativa, conservar algunas cámaras. Eso sí, los drones son otro asunto: totalmente prohibidos. Ver uno en el equipaje casi me costó ser acusado de espionaje.
Un consejo crucial: si vas a Argelia con equipo fotográfico, asegúrate de tramitar una visa especial como periodista o documentalista. De lo contrario, puedes enfrentarte a situaciones complicadas y retrasos innecesarios.
Con los asuntos logísticos resueltos y después de días de gestiones, volamos a Tinduf. Allí, una comitiva saharaui nos recogió para iniciar nuestro verdadero viaje: una caravana que nos llevó desde el aeropuerto a través del desierto hasta los campamentos de refugiados.
Este trayecto es, en sí mismo, un cambio de mundo. Dejas atrás el bullicio urbano para adentrarte en la vastedad del desierto, donde la arena y el cielo se funden en un horizonte infinito. La llegada a los campamentos fue recibida con una calidez que jamás olvidaré. Las familias saharauis no sólo nos abrieron sus hogares, nos adoptaron como parte de ellos.
Vivir en los campamentos de refugiados saharauis es una lección de resiliencia. Nos alojamos en casas de adobe, simples pero dignas, que muchas veces conservan al lado su jaima tradicional —una tienda nómada hecha de tejidos resistentes—. Estas jaimas resultaron ser más frescas que las casas mismas, gracias al contacto directo con la arena que actúa como colchón natural.
Nuestra casa fue la de Hamin Barra y Khatri Barra, dos hermanos saharauis que nos acogieron como si fuésemos familia. La hospitalidad saharaui es profunda, auténtica. Desde el primer día, el patriarca nos presentó a sus hijas como nuestras hermanas. Esto no es un gesto menor: significa que las mujeres podían estar sin velo en nuestra presencia, un acto de confianza y familiaridad según las tradiciones musulmanas.
Las costumbres de convivencia eran fascinantes. La comida, siempre compartida de un solo plato, la tomábamos sentados en círculo, los hombres por un lado, las mujeres por otro. Aunque nos ofrecieron cubiertos por cortesía, insistimos en comer como ellos: con las manos, amasando pequeños bocados con el pulgar. A veces, los gestos más pequeños son los que rompen las barreras culturales más grandes.
La cultura saharaui es rica en tradiciones que combinan raíces bereberes, árabes y un legado español poco conocido. Me sorprendió saber que muchos saharauis hablan un español fluido, herencia de los tiempos de la colonia española en África, un capítulo muchas veces olvidado por la historia oficial.
La ceremonia del té es el corazón de la vida social saharaui. El ritual tiene tres rondas: una amarga como la vida, otra dulce como el amor y la última suave como la muerte. Se trata no solo de beber té, sino de compartir un momento, de conversar, de estrechar lazos. Aprendí que más que una bebida, el té es una excusa para el encuentro.
La vestimenta tradicional es otro espectáculo. Las mujeres lucen melfas, túnicas de colores vivos y estampados que se mueven con el viento del desierto como si fueran parte de un cuadro. Los hombres, en cambio, llevan darraas, largas túnicas azules que reflejan la luz del sol.
Uno de los aspectos que más me impactó fue la naturalidad con que los niños hablaban de guerra. Muchos de ellos, nacidos en el exilio, ven la guerra como la única vía para recuperar su tierra. Es una tristeza silenciosa que acompaña sus juegos, sus sonrisas.
La hammada, esa vasta extensión de desierto pedregoso donde están ubicados los campamentos, es uno de los lugares más duros del planeta. El calor seco es implacable. Uno puede pasar horas sin sentir que suda, pero en realidad está perdiendo agua a una velocidad alarmante.
Personalmente, experimenté los efectos de la deshidratación de manera abrupta: mareo, vómito y un dolor de cabeza insoportable. Me repusieron con suero, algo común allá, y aprendí a la fuerza que en la hammada hay que beber agua antes de sentir sed.
El acceso al agua es limitado. Aunque los campamentos reciben abastecimiento, es un recurso escaso y preciado. Nos acostumbramos a baños esporádicos, a asearnos con toallitas húmedas y a valorar cada gota.
Los baños, sencillos y tipo letrina, son un ajuste cultural importante. La posición en cuclillas puede parecer incómoda al principio, pero es la postura natural más saludable y algo que uno aprende a agradecer con el tiempo.
Además, viajamos en otoño, una temporada más amigable, pero con su propio inconveniente: las moscas. Están por todas partes. Aun así, mejor el otoño que los 50 grados de un verano saharaui.
Argelia: Puerta Dorada al Desierto – Argelia sorprende con su vibrante mezcla de historia y modernidad, donde las avenidas francesas se entrelazan con el alma árabe y bereber. Desde los bulliciosos mercados de Argel hasta la inmensidad del Sahara, el país ofrece una experiencia intensa y auténtica que marca a cada viajero que se aventura más allá de las rutas comunes.
Nuestro viaje no era turístico; era una misión fotográfica organizada por SieteFotógrafos y ACOLPS. La idea era clara: usar la fotografía para visibilizar la situación del pueblo saharaui, una causa olvidada en muchos rincones del mundo.
Con el grupo de 10 fotógrafos colombianos que llevé, cada uno tenía la misión de captar la vida cotidiana, la esperanza y también la crudeza de la situación. Siempre he creído que si la fotografía me ha dado tanto, es mi responsabilidad devolver algo a través de ella.
Recuerdo las conversaciones con las familias, las largas jornadas de documentación, los juegos con los niños, los momentos compartidos alrededor de un plato de cuscús o una taza de té. Fotografiar es más que capturar imágenes; es vivir, empatizar, conectar.
A través de la fotografía, intentamos replicar sus voces, sus rostros y sus historias, con el respeto y la dignidad que merecen. Las imágenes no solo narran, también interpelan.
El viaje a los campamentos saharauis fue mucho más que un voluntariado; fue un proceso de aprendizaje y transformación personal. Uno llega con la idea de «ayudar», pero termina recibiendo mucho más de lo que entrega.
Ver el cielo estrellado como nunca antes en mi vida, compartir con familias que abren su hogar y su corazón, aprender a vivir con lo esencial, entender el verdadero valor del agua, del pan compartido, del tiempo sin prisa.
La hospitalidad saharaui no es un gesto superficial, es una forma de vida, una resistencia pacífica en medio de la adversidad. Lo que más me marcó fue su dignidad. A pesar de las carencias, a pesar del olvido internacional, mantienen viva su cultura, su lengua, su fe en el retorno a su tierra.
La fotografía nos llevó allí, pero fueron las personas las que nos enseñaron que la verdadera lucha es no perder la humanidad en medio de las dificultades.
Los campamentos saharauis en Argelia son mucho más que un punto geográfico olvidado en el mapa; son un testimonio vivo de resistencia, dignidad y esperanza.
Hoy, más que nunca, es vital hablar de ellos, fotografiarlos, documentarlos y recordar al mundo que hay pueblos cuya voz ha sido silenciada durante demasiado tiempo.
Este viaje no fue solo a un lugar remoto, fue un viaje a la esencia misma de la humanidad. Y si a través de mis imágenes y palabras logro que una sola persona más conozca su historia, entonces habrá valido la pena cada kilómetro recorrido, cada gota de sudor bajo el sol del Sahara, cada palabra aprendida entre tazas de té y noches estrelladas.
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